Pero… ¿para qué? Por mi experiencia, diría que la mayoría estamos preparados solamente para lo que creemos que nos interesa, y algunos están realmente preparados para entregarse. En mi caso particular, quizá esté incardinado en el primer grupo aunque llevo años ‘ejerciendo’ en el segundo. No hablo solamente de D/s, hablo de la vida misma. Hablo de la paciencia necesaria para entender determinados comportamientos, de la necesidad de ponerse en la piel del que está enfrente de ti aunque no se tenga el mínimo de experiencia exigible para comprender, por ejemplo, por qué somos cambiantes y qué motivos nos llevan a modificar nuestras opiniones sobre un determinado asunto, por qué actuamos de determinada forma cuando no ‘deberíamos’.
En mi opinión, esos pequeños fracasos en las relaciones personales tienen mucho que ver con tres factores importantes: el medio utilizado para la comunicación, la situación y características personales de cada cual, y la habilidad de los interlocutores para hacerse una idea clara de qué situación tiene el otro en cada momento. En el ámbito de las relaciones personales no parece fácil entender muy bien lo que no se ha vivido, y es igualmente difícil respetar aquello que se desconoce, por lo que una buena práctica cuando alguien, molesto con nuestro comportamiento en mayor o menor medida decide ‘indicarnos’ qué estamos haciendo mal y cómo podríamos ‘corregir’ nuestros ‘desmanes’ como paso previo al ‘abandono’, es no entrar al trapo de la discusión y mantener si es posible una relación de ¿conocidos? en un marco de cierta cordialidad. Pero sólo si merece la pena.
¿El medio influye? Decisivamente. La riqueza de matices de la comunicación presencial es difícilmente abordable a través de otros medios, especialmente del que más utilizamos para comunicarnos: Internet. Chats, foros, metaversos, correos electrónicos, ofrecen en mayor o menor medida herramientas para expresar emociones, de modo que podamos transmitir junto a nuestro mensaje otro paralelo que indica nuestro estado de ánimo cuando escribimos, pero es bien cierto que determinadas personas hacen un uso, digamos ‘particular’, de dichas herramientas, lo que lleva a algunos a conseguir que su interlocutor entienda el mensaje que se le ha enviado pero no sea capaz de averiguar el sentido del mismo, aspecto tremendamente importante ya que lo mismo, dicho con una sonrisa o no, puede tener sentidos y consecuencias realmente diferentes.
La situación de cada cual… interesante factor. Somos básicamente el resultado de nuestra educación y nuestra experiencia. Al nacer no sabemos nada más que unas cuantas rutinas automáticas orientadas a mantenernos vivos: respirar, quejarnos ante el dolor, etc. pero no sabemos nada más. De nada. Así que a lo largo de la vida vamos adquiriendo experiencia y conformando lo que somos, depurando errores, limando aristas, mejorando, en la mayoría de casos. ¿Es posible entender una situación que no se ha vivido? Si hablamos de una relación personal, posiblemente no, debido a que existen docenas de pequeños detalles muy íntimos que finalmente conforman una vida de pareja, de ahí que sea primordial aplicar una anchura de miras y una gran paciencia para conseguir entender por qué alguien hace algo de determinada manera. Por ejemplo, es complicado entender qué significa estar bajo presión en el ámbito conyugal y las consecuencias de esa presión si nunca se ha convivido más allá de unas vacaciones de verano.
La habilidad. Desde mi punto de vista, creo que a más experiencia en la vida, más habilidad para comprender con éxito la situación de nuestro interlocutor y actuar en consecuencia. Personas con caracteres bien diferentes, pero con similar bagage en la vida, pueden entender prácticamente de la misma manera una situación determinada, y reaccionar casi de la misma forma. No importa la cultura, el idioma o el país, y ahí sí hablo desde mi experiencia propia.
Entonces… ¿para qué estamos preparados? En mi caso, sigo aprendiendo, y disfrutando del aprendizaje. Cuando sea viejo y sabio, quizá sepa para qué estoy preparado.